La debilidad de los santos: fuerza para la santidad

mm

Quiero compartir con ustedes una sencilla reflexión para meditar en la Semana de Pasión. La manera más perfecta de vivir la Semana Santa es configurarnos con nuestro Señor en la cruz. Cristo muere sufriendo y sin el consuelo del Padre. Siendo Dios, quiso ser igual en todo a nosotros, excepto en el pecado. Su humanidad sintió debilidad, impotencia, desamparo. Así nos sentimos muchas veces nosotros con el agravante de que tenemos la naturaleza herida por el pecado original y nuestro amor propio no soporta verse tan imperfecto.

Con frecuencia nos desmoralizamos porque se nos hace muy áspera la vida espiritual. Vemos que pasan los años y seguimos con los mismos defectos. Parece que no avanzamos nada en el camino de la perfección, incluso que retrocedemos y nos dan ganas de tirar la toalla. Es una sutil tentación del maligno que nos quiere apartar del camino del bien y hacernos pecar bajo el pretexto de que la santidad es imposible para nosotros. Nos insinúa que bajemos de la áspera cruz y nos demos algún gustillo en las praderas del mundo, que no por eso nos vamos a condenar. Diabólica tentación, que pone en juego nuestra salvación.

Los santos han tenido las mismas miserias y tentaciones, pero han sido humildes y han pensado siempre en clave de eternidad evitando el pecado a toda costa. Se han dejado transformar por la gracia, se han olvidado de sí mismos y con vencimiento han alcanzado la santidad.

En la oración Quince minutos ante Jesús Sacramentado Dios dice al alma necesitada de todo: “Hazme, si quieres, una lista de tus necesidades, y ven, léela en mi presencia. Dime francamente que sientes -soberbia, amor a la sensualidad y al regalo; que eres tal vez egoísta, inconstante, negligente…; y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos, pocos o muchos, que haces para quitar de ti tales miserias. No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en el cielo tantos justos, tantos Santos de primer orden, que tuvieron esos mismos defectos! Pero rogaron con humildad…; y poco a poco se vieron libres de ellos”. 

En el libro Sabiduría de un pobre se aprecia como el mismísimo San Francisco de Asís se ve en un momento de su vida totalmente derrotado. Tiene la fuerte sensación de haber fracasado, de dejarlo todo, de volver al mundo. Felizmente hizo un acto heroico de confianza en Dios y siguió porfiando por las sendas de la santidad. Llegó a ser uno de los más grandes santos de la Iglesia.

Les dejo con un escrito, precioso y conmovedor, de San Rafael Arnáiz poco antes de morir. Comprobamos como el santo comprendía profundamente su debilidad y su miseria. Se veía enfermo, débil, inútil para todo y muy imperfecto. Pero en vez de hundirse ante la tentación de verse pecador, se abandonó por completo en Dios, en su infinito Amor y en hacer su voluntad. Murió desamparado y desprovisto de todo, como Cristo en la Cruz, santamente con una pobreza de espíritu admirable.

Espero que esta carta les aliente si alguna vez se ven tristes, miserables e impotentes. A todos nos ha pasado. Incluso los mismos santos han pasado por lo mismo, pero se han abandonado en la voluntad de Dios y el mismo Dios, tras purificarlos con el conocimiento de su debilidad, ha transformado su miseria en santidad. En esta Semana Santa hagamos el propósito de abrazar siempre la cruz de Cristo al lado de María, en cada minuto de nuestra vida, aunque nos cueste, pues ellos son nuestro único consuelo, aquí y en la eternidad.

San Rafael Arnáiz

Meditemos con San Rafael Arnáiz sobre nuestra miseria y debilidad:

Queridísimo Jesús, Dios mío. Veo, Señor, que no hago nada en tu servicio. Temo perder el tiempo… Se me pasan las horas, los días y los meses, y todo son buenas palabras y buenos deseos, pero las obras no aparecen.

 Hoy, Señor, durante la santa Misa, veía mi gran inutilidad y consideraba como siempre en tus grandes beneficios… Veía tu inmensa piedad para conmigo que me permitía asistir al santo sacrificio, un día y otro y yo como un bobo. ¿Cuándo empezaré, Jesús mío, a servirte de veras?…

 Siempre estoy empezando, y nunca veo que haga nada. Sigo una vida regalada, cómoda e inmortificada… En parte (nada más que en parte), porque no me dejan los superiores, y en parte (la mayor parte), porque yo no me decido, y la austeridad me asusta, resulta que ni soy seglar porque vivo en religión, ni soy religioso, porque vivo como un seglar… ¿Qué soy, pues, Dios mío?… No lo sé, y a veces cuando en esto pienso, me parece que no me importa ser lo que sea…, pero lo que sí me importa y me preocupa, es el que de una manera o de otra, no me ocupo lo que debo en mortificarme, en renunciarme a mi mismo, en vivir más para Ti que para los demás o para mí.

 Busco muchas comodidades… Estoy aún muy pegado a mis gustos y opiniones… Aún muchas veces me veo aquel Rafael del siglo, presumido, vanidoso, criticón, cuya única vida era la mesa, el vestido y el vicio… ¡Ah! Señor, cuando me acuerdo…, dejemos eso por hoy.

Señor mío veo que ahora no hago, quizás, nada malo, pero seguramente tampoco nada bueno… Mi vida es la de un bobo en un monasterio. Ni sirvo a Dios corporalmente ni espiritualmente. Todo se reduce a decir: qué bueno es Dios, cuánto le quiero, cómo me quiere Él a mí…, y a caérseme la baba, como vulgarmente se dice.

 Cuando pienso en mi inutilidad verdaderamente me apuro. ¡Es tanto lo que le debo a Dios!

San Rafael Arnáiz

Ni hago bien la oración, ni la meditación, ni la lectura; en el trabajo…, apenas trabajo. Cuando como y duermo, no hago más que eso… comer y dormir como un animalito. Y así no puedo seguir…, no debo seguir. Mas ¿qué he de hacer? Inútil y enfermo… Pobre hermano Rafael, bástete purificar la intención en todo momento, y en todo momento amar a Dios; hacerlo todo por amor y con amor… El hecho en si no es nada, y nada vale. Lo que vale es la manera de hacerlo… ¿Cuándo comprenderás esto? Qué torpe eres.

 ¿Cuándo comprenderás que la virtud no está en comer cebolla, sino en comer cebolla por amor a Dios? ¿Cuándo comprenderás que la santidad no está en hacer actos externos, sino en la intención interna de un acto cualquiera?… Si lo sabes, ¿por qué no lo practicas?

Ya lo hago, Señor, pero lo hago mal. No tengo humildad y quisiera hacer lo que es mi capricho…, buscar lo que es mi voluntad aun en la penitencia…

 Dios mío, Dios mío, ayúdame a cumplir humildemente tu voluntad. Ayúdame a servirte, amando mi propia flaqueza e inutilidad… Señor, Señor, mira mi intención y purifícala Tú. ¿Qué podré hacer yo sin Ti? Aunque me degüelle vivo a fuerza de penitencia, ¿qué vale si Tú no lo quieres y yo pongo vanidad y gusto propio en ello?

Sea, Señor, lo que Tú quieras de mí, pero mira Jesús mío, no permitas que el demonio me engañe. Muéstrame lo que quieres, para que yo lo haga, y dame espíritu humilde para verlo y cumplirlo. No permitas, Jesús mío, que rechace tus divinas insinuaciones.

 Yo comprendo que algo más de lo que hago puedo hacer y que Tú lo aceptarás.

 ¡Dame fuerzas, Virgen María! 

Compartir

Deja un comentario

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*